La necesidad de conocer / by Álvaro Menéndez Soler

Decía Jules Michelet que en materia de Bellas Artes la imitación debe dejarse a aquellos pueblos que carecen de pasado y tradición. Cronogramas, portones, azulejos, guardamalletas, todos ellos son una muestra del pasado y de la tradición y, además, todos tenían un motivo de ser. Una parte práctica por supuesto, que les daba un uso y en consecuencia la razón por la que han llegado hasta nosotros, en la fachada o sobre la puerta, guardando una persiana o ventilando un falso techo. Pero, es más allá de ese uso tangible, donde está todo lo demás.

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Imaginemos por un momento aquellas familias de pescadores que cada jornada salían a faenar en las templadas aguas del Mediterráneo. Familias de recursos limitados, gentes que no tuvieron reparo en replicar elementos más propios de familias adineradas que de pescadores, con orgullo e ingenio, sin saber que varias decenas de décadas después sus construcciones serían admiradas y deseadas por muchos. Vecinos del barrio que en algún momento de su existencia construyeron unas casas cuyo conjunto en la actualidad forma un barrio declarado Bien de Interés Cultural. Es decir, un barrio con interés artístico, histórico, […] etnográfico y cuya declaración de BIC le otorga la mayor protección que en materia patrimonial existe en el Estado español.

Su cercanía al mar, aunque no precisamente por la necesidad de pescar, su peculiar trama urbana, sus tradiciones propias, sus pobladores y sus elementos ornamentales hacen de este barrio un lugar deseado en el que, parece ser, ahora todos quieren vivir.

Y sin embargo, no todos son capaces de respetarlo: el desconocimiento de los elementos ornamentales tan característicos de El Cabanyal, el porqué de su origen o las funciones que antaño desempeñaban, les aboca en muchos casos a su pérdida o destrucción y con ello, a la desaparición de la historia humana y patrimonial que hay detrás. De ahí, la necesidad de conocer.

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Un gravísimo error en términos patrimoniales, pero también un grave error en términos económicos. Es necesario transmitir que más allá de su valor etnológico o arquitectónico, tiene un intrínseco valor económico añadido. Pues un elemento patrimonial otorga exclusividad y autenticidad a la construcción, se tiene o no se tiene, y el destruirlo es un daño irreparable al patrimonio de todos pero también, y en mayor medida, al de aquel que se revela incapaz de proteger su propio patrimonio.

Por desgracia, y aunque la tendencia está cambiando, todavía abundan los obreros que sugieren hacerlo sin que nadie lo vea, propietarios que en su afán por reducir costes prefieren no restaurar sino construir tapando lo que queda atrás. Sin valorar que, ocultando o destruyendo lo único que se hace es ocultar y destruir el valor de El Cabanyal. El valor que ha hecho que en cuestión de dos años la gente se vuelque en comprar casas en el barrio y que no es otro que el que llevó a la misma persona que pretende ocultarlo o destruirlo, a comprar la casa que ahora maltrata.

De ahí la necesidad de dar a conocer y transmitir que cada azulejo, respiradero, cerradura, puerta o aldaba, son una pequeña parte de algo mucho más grande. Un barrio con historia y carácter propio al que si le quitamos sus símbolos, sus reflejos, sus cicatrices, se convertirá en un barrio esnob más donde lo único que importará será la siempre pasajera, y muchas veces banal, moda del momento.

Álvaro Menéndez Soler